María Massara y Gimena Chendo, estudiantes del Profesorado de Música en Collegium.
Damián es oriundo de Corral de Bustos, un rincón ubicado en el sudeste cordobés. Allí su infancia transcurrió entre acordes de folklore, los vinilos de Astor Piazzolla y la revolución de los Beatles. A los 10 años sus manos encontraron el piano, luego en su adolescencia se trasladó a Rosario torciendo su destino hacia el fuelle. El encuentro fue fortuito y se dio en el departamento de un amigo violinista que tocaba el bajo en una banda de rock y guardaba un bandoneón. “Pasé a visitarlo un día, tomé unos mates y dije: ‘Mirá, qué lindo el bandoneón'”.
Posteriormente, consiguió uno prestado junto a un método de estudio y se sumergió durante seis meses a descifrar empíricamente la ubicación de las notas. Su primera clase formal con Domingo Federico, profesor de la Universidad de Rosario, marcó un hito inusual en su formación: “Me preguntó qué sabía hacer. Le dije que las escalas cromáticas, abriendo y cerrando. Había varios alumnos y me dijo: ‘Bueno, entonces enseñásela a él’. “O sea que mi primera clase como estudiante fue de profe”, recuerda.
De las filas a la batuta
En 2003, Damián ingresó por concurso como segundo bandoneón a la Orquesta Provincial de Música Ciudadana. Siete años después, en 2010, fue convocado para asumir la dirección. Su rol es estrictamente artístico: diseña la programación, dirige los ensayos, convoca a directores invitados y escribe la gran mayoría de los arreglos. Bajo su pluma y dirección, el archivo de la orquesta ha crecido hasta atesorar aproximadamente 500 obras de diferentes arregladores y compositores.
La excelencia de la orquesta Provincial se mantiene mediante un estricto proceso de selección institucional. “Uno no pone a dedo a la gente”, aclara. Los jurados de los concursos están integrados por el director, el solista del instrumento a evaluar y un especialista externo, garantizando así la absoluta imparcialidad artística.
Artesanía humana contra la corriente del mercado
La visión de Damián en la gestión de la orquesta es una declaración de principios frente a los monopolios culturales.
“Hay un grupo de poder muy heavy que mediante un sistema como el capitalista está reventando todo. El tema no es que estés obligado a escuchar a Beethoven; en realidad es que, al no tener opciones, estás obligado a escuchar siempre lo mismo”.
Como respuesta a la uniformidad del algoritmo, su estrategia de programación musical busca desafiar al oyente. “Soy un anti-demagogia. Armo programas que tienen que ver en un 80% o 90% con tango no tan conocido”, asegura, buscando ofrecer al público recorridos musicales que la inmediatez mercantil suele invisibilizar.
Esta resistencia también se refleja en sus métodos de trabajo. Aunque utiliza software de notación para escribir las partituras, rechaza rotundamente el uso de programas de secuenciación de audio para crear maquetas. “No trabajo con la cuestión de la digitalización de audio… la verdad está acá con los seres humanos”, sentencia. “Todo se prueba, se discute y se corrige en el ensayo, dialogando frente a frente con los músicos”.
La filosofía del encuentro y los contrastes sonoros
Para el director, hacer música debe mantener siempre un espíritu lúdico, un espacio que él define como un “neverland” alejado de la rutina ensordecedora. Estéticamente, traslada esa intensidad vital a la sonoridad de la orquesta buscando contrastes extremos.
Fiel a la influencia de Piazzolla, busca que la orquesta ofrezca desde “la contundencia que te pegue un cachetazo” hasta “la tersura de una caricia”, huyendo decididamente de los tibios “grises”.
Este proceso estético se basa en lo que él define como un círculo de tres pilares: primero, él debe estar convencido del arreglo que escribió; segundo, debe lograr que los músicos se convenzan y toquen con pasión; y tercero, debe convencer y emocionar al público.
Escucha, baile y memoria viva
El repertorio de la orquesta asume la dualidad histórica del tango sin prejuicios, abrazando tanto su origen como su evolución camarística. Al contar con músicos, cantores y bailarines, el elenco trabaja permanentemente con los tres pilares del género. “Tratamos de hacer un mix de todo. Hay momentos que hacemos una música que es mucho más al piso, rítmica para bailar, y hay momentos en que nos vamos a una cosa completamente más laxa”.
El desafío máximo, sin embargo, radica en las obras conceptuales contemporáneas. Al montar El Palacio de la Memoria (compuesta por Damián con textos de Dante Ascaíno para conmemorar los 50 años del golpe militar del ‘76), una pieza anclada en los horrores de la dictadura, la orquesta atravesó una experiencia profundamente catártica. “El desafío, primero que nada, es hacerla bien. El público tuvo un recibimiento muy emotivo porque es un tema muy jodido. En un momento estábamos todos moqueando en el ensayo general”, confiesa Damián.
Es en esa conexión cruda donde la orquesta confirma su vigencia. Como resume el propio director, citando al poeta Khalil Gibran, el verdadero sentido de la música no es la erudición técnica: “Cuando estés al final de lo que debas saber, vas a estar al comienzo de lo que debas sentir”. El tango, en definitiva, no es un museo del sonido porteño, sino un refugio humano donde la memoria resiste y la emoción sigue latiendo.
Entrevista realizada en el marco de la materia Músicas Urbanas.
