Sobre Elitismo y Barreras Abandonadas
Hace un tiempo, tuve un debate con una compañera de trabajo sobre la cumbia villera como una de las manifestaciones más genuinas de lo punk en la cultura argentina. Mi argumento principal hallaba sus raíces en lo punk como una filosofía más que como un género musical. Pensaba más en sus orígenes como movimiento de jóvenes británicos, sin formación clásica musical, pobres y militantes de ello. Sin plata, sin hogar, y sin un gramo de respeto por la civilización occidental. Poniendo al frente la liberación de los cuerpos mediante festejar la barbarie.
Pero sería un enorme despropósito decir que ese movimiento solo sucedió con los Sex Pistols. Acá tuvimos a Flema, Dos Minutos, Fun People, y a toda una generación de jóvenes alternativos que se inspiraron del punk británico para declararle la guerra al caretaje.
Pero si un movimiento supo incomodar al facho, habitar la marginalidad, y divertirse muchísimo en el proceso, fue la cumbia villera. Valiéndose principalmente de estilos latinoamericanos, con letras irreverentes y simbologías cargadas de culturas marginales, supieron dominar la música popular en la Argentina inestable de los 2000, y posteriormente perder tracción alrededor de 2005 con el auge del Reggaetón y la infame censura de la COMFER.
La Cumbia Villera surge a finales de los 90, cuando un joven Pablo Lescano, entonces tecladista de Amar Azul, empieza a pensar una cumbia más vulgar y cargada de crítica social, inspirado por las letras de Dos Minutos. El nulo entusiasmo de sus compañeros con esta idea fue lo que lo impulsó a fundar Flor De Piedra, la primera banda del género. En el 2000, Yerba Brava presenta su primer disco, titulado Cumbia Villera, dando finalmente nombre al movimiento artístico.
A todo esto, la respuesta de mi compañera fue desde el desagrado. Le pareció una falta de respeto comparar el rock, el metal, o el punk en este caso, con una negrada como la cumbia. La conversación no siguió mucho más, pero yo no me olvido. Pasa el tiempo y sigo pensando en esa interacción, porque recuerdo haber pensado lo mismo cuando era más chico. Recuerdo que la alienación por ser el único alternativo en el aula me lleve al odio y al rencor. Entiendo como una ideología entera puede crecer de eso. Entiendo cómo, desde los juicios de valor y los intentos de jerarquizar el arte, los individuos se diferencian entre sí, perpetuando ciclos antiguos de discriminación. Bourdieu hablaba de Habitus, de lo social hecho cuerpo. Las personas, en el afán de justificar nuestro ser individual, participamos de estructuras que nos estructuran a nosotros a la vez que participamos de estructurar al campo que nos rodea.
Ricardo Iorio dijo una vez: ‘’La música tropical es la que lleva a la gente a la cárcel, vamos a hacer un censo en la cárcel, ¿Quién escucha Edmundo Rivero?’’
No es el primero en intentar dibujar una conexión entre un estilo musical y la conducta violenta. Al mismo tiempo, el satanic panic en Norteamérica hacía lo mismo con el Heavy Metal. Y Slayer cantaba sobre mascaras de piel humana, y Marilyn Manson cantaba sobre el anticristo, y Cannibal Corpse cantaba sobre eyacular sangre, y Rage Against The Machine decía que el enojo es un regalo divino.
…y Pibes Chorros cantaba sobre darle al primer facho y careta que se haga el ortiva. Pibes Chorros tiene algo que se me hace particularmente especial. Llevaron como bandera la alienación y el sentirse paria, con la cultura tumbera como camiseta, y mostrando una cantidad enorme de sensibilidad en sus letras. Sentían. Lloraban. También, odiaban profundamente a la clase alta. Tuvieron la simbología más violenta, si se quiere, de las bandas grandes de la cumbia villera. Entre la simbología religiosa y los relatos carcelarios construían una mística oscurísima, cargada de emoción por un lado, y muy metalera por el otro. La tapa de Criando Cuervos como ejemplo.
Y Iorio los detestaba. Y los heavys que seguían a Iorio, se iban con ellos a las piñas. Y los marginados se pelearon entre sí, hasta que no quedo nada más que una bandeja con billetes y merca para los oligarcas sentados en la cima de la industria del entretenimiento.
Hay una búsqueda de superioridad estética en el metalero, marginado, odiando al cumbiero, también marginado. Como si el hecho de pegar para abajo hiciera que aquellos que se encuentran por encima lo vean con más respeto y compasión. Pero la historia demuestra una y otra vez, que a la mano que alimenta jamás se le escapa una miserable caricia.
Parafraseando a Becker en El Poder De La Inercia, se puede plantear al arte no como la obra de individuos si no como la construcción resultante de interacciones, sinergias y seres que comparten. En una suerte de ola de nieve, cuando el arte representa a quien se le niega la voz y aun así grita, el efecto es inevitable. Entre tanta contaminación, tanto arte de monedas, un aullido genuino cambia realidades. Sea pig squeal o sapucai. En los márgenes que escapan a lo ultraprocesado, siguen existiendo los espacios donde se canta la basura que la hegemonía insiste en descartar. Canciones que jamás llegan al estudio, pero conmueven a un par de afortunados.
Existen más líneas uniendo a los habitantes de los márgenes que barreras distinguiendo el estilo que consumen. Me gustaría proponer un panorama, una imagen mental de una cultura donde las diferencias no son tan absurdas, donde los marginados, por raros o por pobres, no se pelean entre sí. Donde Iorio y Lescano son igual de sudacas y reconocen que los dos tocaban un estilo que se originó en otro país.
Y que los dos movilizaron los corazones de miles de argentinos por igual. Dar voz es un acto divino, y los dos merecen respeto por ello.
No tengo muchos resultados. Tengo testimonios sobre los circuitos de arte emergente que se saben crear en mi provincia, en los barrios que camino. Supongo que con el tiempo, en el transmutar de la cultura under, las líneas se hacen borrosas y los grupos se cruzan. He bailado cuarteto con Iorios. He escuchado ritmos tropicales en recitales de bandas punk. En San Vicente, las fechas de Grindcore reúnen góticos con heavys con gente ajena al espacio de las bandas de rock bajo banderas antifascistas. En una cancha de futbol, tocan los punks al rayo del sol y de entrada se cobra un alimento no perecedero. Una vez al año, 40 bandas ocultas se encuentran en el desierto y ven nacer el sol.
En una terraza se escucha por primera vez una banda, y por un rato, todo es un poco más liviano.
Sueño con una música sin barreras.
Atentamente, un metalero que descubrió cuánto le gusta la cumbia.
Este ensayo forma parte de un conjunto de textos producidos por estudiantes en el marco del seminario Arte, Cultura y Sociedad del Profesorado de Collegium.
Referencias bibliográficas
Bourdieu, P. El sentido social del gusto Elementos para una sociología de la cultura. Siglo XXI editores
Becker, H. (2009) El poder de la inercia
Mendivil, J (2016) En Contra De La Música. Gourmet Musical Ediciones
