Luz Cordeiro Didáctica de la Música I · Práctica Docente III y Residencia
Hablamos de infancias, en plural, para distinguir este concepto de la idea de niñez: no son sinónimos. Decir “Infancias” refiere a una forma de estar en el mundo, a una posición, a una forma de habitarlo; no simplemente a una condición etaria. Si asumimos o planeamos asumir la tarea de educar en este hermoso y sorprendente campo de las infancias, es importante reconocer este punto de partida: ¿quiénes son los destinatarios de nuestras propuestas, qué características presentan? También implica poner en cuestión algunas categorías del mundo adulto, de acuerdo a las cuales las infancias se consideran como seres inacabados, ignorantes, inocentes, incapaces de comprender lo que sucede a su alrededor y de tomar decisiones.
Chiqui Gonzalez, gestora cultural, docente y creadora del proyecto La ciudad de los niños, nos dice: “Si pudiéramos recordar esa forma de habitar la existencia, nos nutriríamos de un tiempo sin tiempo, espacios para descubrir, una predisposición notable para aprender con los sentidos, propia del pensamiento perceptual. Reconoceríamos al juego como un dispositivo para inventar realidades, para alcanzar la creación, poniendo en acción los mundos poéticos y los múltiples lenguajes”. Podemos afirmar, entonces, que al momento de generar políticas públicas, propuestas artísticas, escolares y musicales resulta imprescindible hacerlo desde las infancias, sin intentar permanentemente que se conviertan en adultos lo más rápidamente posible. Los niños no son ignorantes, tienen una lógica propia, una manera única de leer el mundo y de transformarlo: principalmente, jugando. Son sujetos de derechos, capaces de transformar su entorno y de crear. No tienen esta división tan tajante de los adultos entre cuerpo – mente, práctica y teoría. Aprenden y experimentan con todo su ser. ¿Acaso no debiéramos parecernos más a ellos?
¿Qué implica enseñar música a infancias?
Hoy en día, el acto de enseñar implica comprender que no hay recetas para hacerlo, aunque a veces las busquemos. Que las propuestas pueden funcionar muy bien en algunos grupos o espacios pero también pueden resultar un fracaso en otros. Educar es una tarea en la que debemos asumir riesgos.
Enseñar música implica hacerlo desde un lugar de respeto y honestidad, que se traducen en estar lo más preparados posible para compartir una clase y también en aceptar y valorar la diversidad: en los modos de aprender, en las habilidades, en las preferencias musicales de nuestros estudiantes. Implica saber escucharlos, saber cómo están, quiénes son.
Significa generar propuestas creativas y participativas que los motiven (¡y nos motiven!), a veces con recursos materiales que son escasos: no en todas las escuelas hay una sala de música, ni instrumentos, equipos de audio, televisores, etc.
Requiere dedicar tiempo a pensar qué músicas ofrecemos, cómo lo hacemos, desde qué perspectivas. También a reflexionar sobre qué músicas silenciamos. ¿Qué mundos están muteados, cuáles habilitamos?
En este sentido, refiriendo a la nutrición cultural de las infancias Julio Brum, músico y educador uruguayo, plantea ideas interesantes:
“Vincular arte, educación y políticas públicas debería motivarnos para pensar cómo promover esencialmente una ciudadanía capaz de expresar sus sentimientos, de elaborar sus pensamientos, de defender creativamente sus ideas y sus proyectos de vida, para su desarrollo pleno como seres humanos y como comunidad. Esta es una pugna fundamental para concebir la libertad y la solidaridad como forma de construir un mundo que nos identifique, nos involucre y nos convoque”… Debemos resolver el desafío de que nuestras infancias se nutran con herramientas conceptuales y sensibles que les permitan trascender el maltrato y distorsiones que genera la lógica del mercado en la cultura; reduciéndola frecuentemente a la idea de entretenimiento y educando sistemáticamente para el consumo compulsivo y acrítico de bienes o de información”.
En este sentido, ser docente también precisa reconocernos como transmisores de cultura. Asumir el rol de curadores, de mediadores entre los bienes culturales y nuestros estudiantes; con la convicción de que es necesario democratizar el acceso al conocimiento y a la belleza.
Enseñar música a infancias hoy implica, probablemente, sentir agotamiento. Porque no son pocas las veces en que fuera del aula seguimos pensando actividades, alternativas, otras maneras de hacer. Buscando canciones, juegos, ensayando el repertorio, preparando arreglos. Pero toda la tarea cobra sentido cuando la clase se convierte en el momento esperado de la semana, en un espacio donde se habilitan nuevos mundos y donde se puede hacer música con otros.
Toma este mundo, cuídalo.
Es una cosa seria y es una simple cosa.
Conquístalo, contémplalo, ámalo para siempre,
musical niño mío,
predilecto del pan y de la rosa.
Te lo regalo, es tuyo.
Y te regalo un barco
y te regalo un barco dentro de una botella.
Una bota de vino
que vino del Mesón del Segoviano.
Un farol marinante.
Las golondrinas y las mariposas.
Una sirena anclada en el estante.
La bandalisa de los circos pobres.
La luna en el espejo.
Un mapa, un numeroso y palpitante mapa,
un mapa con las rutas
que siguiera Juancito Caminador, tu viejo.
La Esperanza.
Y una caja de música que traje de la estrella.
Toma este mundo, tómalo. ¡La vida es vasta y bella!
Mira siempre allá lejos, hijo mío… Allá lejos.
Raúl González Tuñón (1955)
