“Como artistas también somos antenas, somos radares”

Alejo Villarroel es bajista, egresado de la Tecnicatura Superior en Instrumento de Collegium y de la prestigiosa Berklee College of Music, en Boston. Hoy se dedica a la música y tiene un espacio en Sintonía Fina, programa de Radio Universidad, donde crea cápsulas sonoras que muchas veces difunden a músicos latinoamericanos.

En la conversación charlamos sobre el panorama actual de la música, su experiencia estudiando en Berklee y compartiendo con músicos de todo el mundo, y los diferentes trayectos de formación a lo largo de su carrera. 

Su paso por Boston le cambió la idea de lo que significa “lo latinoamericano”: “En Boston, donde estuve estos años, hay mucha comunidad latina. Como una sede de la música latinoamericana, un concepto un poco más global.”

Alejo cuenta que, desde Argentina, pensar en música latinoamericana era pensar en Brasil, Uruguay, en lo que tenemos cerca. Allá encontró que la música latinoamericana se relacionaba inmediatamente con salsa, bachata y sonoridades más del Caribe. Además, resalta lo interesante de que Berklee funcione como un ecosistema que se nutre todo el tiempo  de músicos de todas partes.

Lo genuino: “pensar en lo que uno tiene para aportar”

Para el proceso de audición en Berklee, Alejo se propuso no pensar tanto en lo que la institución podía darle, sino en lo que él tenía para traer. Y en ese ejercicio apareció algo que lo marcó. Se dio cuenta de que el estereotipo de la música latina se reduce a la salsa y el merengue, algo lógico por cercanía.  Se dio cuenta que no había nadie tocando una zamba. Ahí entendió que había un lugar para lo que él podía aportar, y también que era una música que sentía propia: “Es una música y una manera artística que realmente me representa y me interpela.”

Alejo cuenta que quiere explorar la música latinoamericana y argentina nunca como algo cerrado, sino a través de estilos, fusiones y mezclas, algo que atribuye a su condición de generalista. Reconoce que no viene del mundo del folklore ni del tango, aunque esa música sonaba en su casa:

“Es entrar yo a un mundo que ya había sido presentado ante mí pasivamente por mis padres. Llegar por mis propios medios a algo que ya había estado ahí en algún momento.”

Las figuras que más lo interpelan son las que revolucionaron un género conociéndolo hasta la última punta. Menciona a Piazzolla, “tan negado y tan bastardeado por su propio país”, y a los Beatles, su banda de la infancia. Todas son figuras que combinan irreverencia y respeto. De esa música dice que lo vincula con alguien que nació hace cien años: “Tengo algo que me une con este tipo que no conocí, que no tengo nada en común pero tengo todo en común”. Es una sensación que compara con ver a la Selección en un Mundial. Para Alejo, lo genuino es eso, tocar y estudiar una música que le provoca cosas que otras no, y que no da por sentado.

Collegium: un espacio de comunidad y formación

Alejo llegó a Collegium buscando un espacio de formación en el que pudiera profundizar su técnica en el bajo. 

 “Tener una hora de clase uno a uno. Es una experiencia muy valiosa a la que le pude sacar provecho”

Alejo describe su formación como muy buscada, que tiene que ver con la autonomía, no recibir contenido pasivamente, sino elegir los espacios y las instituciones y hacerse cargo del propio conocimiento. Reconoce que formarse como artista no va a ocurrir dentro de una sola escuela, y por eso se pregunta cómo lograr que la educación musical incorpore la vida artística y la calle. Sobre todo en las instituciones de música popular, dice, se estudia mucho y se toca menos en vivo, en distintos lugares y con distintas personas. Es un desafío para todas las instituciones, dialogar con ese afuera para que no todo ocurra endogámicamente adentro. 

“Lo que más me termina quedando de las instituciones son la gente con la que compartí, la que conocí. Más allá de si somos amigos o no, hay algo que es un sentido de pertenencia.”

Por eso, si ve que alguien que estudió con él en Collegium tuvo un logro importante, se pone contento, y no solo porque lo conoce, sino porque atravesó un proceso acompañado por esa persona: “Para mí eso es la clave de las instituciones”.

La formación como un proceso de autonomía y en construcción constante

Alejo fue a Berklee a buscar formarse en arreglos y en el trabajo de esa industria. Hoy ve que es un oficio que ya no se necesita como hace cuarenta o cincuenta años. Reconoce que estudió muchísimo, pero que hay toda una parte del arte que sucede en escenarios que le queda por explorar, y que es momento de ir por ese lado. Su gran pregunta es cómo hacer que la educación musical incorpore esa vida artística y de la calle. En esa búsqueda constante de aprendizaje, la tecnología surge como arista ineludible: “Si hablamos de música, de arte que represente el momento histórico que estamos viviendo, no se la puede separar de la tecnología bajo ningún concepto.”

Alejo también se refiere a una cuestión generacional actual, en la que se espera y, muchas veces se da por sentado, que las personas que están buscando insertarse en la industria musical sepan manejar herramientas tecnológicas. 

Además, resalta la importancia de, como personas dedicadas al arte, mantener la sensibilidad abierta ante los cambios de percepción y de códigos de una época.

“Al final, como artistas también somos antenas, somos radares que de alguna forma queremos ver qué pasa en la época, para dónde van las emociones de las personas y para dónde tenemos que dar los acordes.”

Eso implica un compromiso con los espacios que se quieren entender:

“Si yo realmente quiero saber qué está pasando en este ambiente, los tengo que habitar. Les tengo que poner algo de mí, porque tampoco es una cosa extractivista de ‘voy a ver si hay algún ambiente y absorbo’. Les tengo que poner cuerpo, vivirlo y sufrirlo con todas las personas que están adentro.”